Descubrí la estampación botánica con martillo hace años, casi por curiosidad.
Pensé que sería una técnica bonita y poco más.
Pero se quedó.
Porque entendí que no era solo estampar hojas sobre tela.
Era aprender a mirar.
La técnica es sencilla: plantas frescas, un soporte poroso y un martillo. Golpear. Esperar. Levantar el acetato.
Y aceptar.
Porque no siempre la hoja imprime como esperabas.
No siempre el color es intenso.
No siempre la forma queda perfecta.
Y ahí está el aprendizaje.
Es muy raro que algo salga feo.
Puede que no salga como querías.
Pero casi siempre hay belleza si dejamos de comparar con la idea previa.
Para mí ha sido un ejercicio claro de aceptación.
Aceptar lo que la flor imprime.
Aceptar lo que cada estación ofrece.
Aceptar que no todo depende de mí.
Y curiosamente, practicar eso con las plantas me ha ayudado a practicarlo conmigo misma.
También he aprendido algo muy concreto: qué flores funcionan mejor, qué hojas transfieren más pigmento, cómo cambia todo según la temporada. Hay intuición, pero también mucha observación.
Y siempre pasa algo cuando alguien se sienta delante de una tela en blanco.
Se hace silencio.
La atención cambia.
Y la prisa baja un poco.
Los talleres
Por eso decidí compartirlo.
Ahora doy talleres presenciales de dos horas en Cantabria y comunidades limítrofes. Trabajamos únicamente con la técnica del martillo, en grupos pequeños.
Cada persona crea su propia pieza —una tote bag o un bastidor para colgar— pero más allá del objeto, lo importante es la experiencia.
Vienen con ganas de aprender, sí.
Pero también con ganas de conectar con algo más tranquilo y más manual.
Si sientes que te gustaría vivirlo, puedes ver las próximas fechas aquí:
